Soberbios

por J Milano con Juanma Román

—¿Crees que pecamos de soberbios al intentar liberar a los nuestros?¿Somos los culpables de la desdicha de nuestro pueblo?

—Quizá, Aneya —respondió Elian.

Miraba fijamente al suelo, con las manos entrelazadas sobre la frente y los brazos hincados en las rodillas. Poco más podía hacer sentado en aquel banco de madera al que estaba encadenado junto a Aneya.

—Quizá —repitió Elian. Su voz, más baja aún, no mostraba emoción alguna.

Elian y Aneya, hijos de Yei el Terco, habían iniciado una revuelta en la ciudad de Are Tai. Habían incendiado el corazón de todos los Tuétano Negro, los Cabezas Grandes y los Pies Veloces; las tribus humanas esclavizadas por la Reina de Marfil y su séquito de elfos caníbales. Los hermanos les habían recordado que no eran animales de tiro y carga; que hubo héroes legendarios entre los suyos, reyes y emperadores que defendieron su hogar y el honor de sus dioses. Les recordaron que no eran esclavos por designio divino sino pobres almas aprisionadas por el miedo.

La cuarta luna del tercer mes decidieron abandonar las cabañas y marchar hacia el Palacio de los Colmillos armados con herramientas de labrador y antorchas. Los primeros guardias murieron sin saber de dónde les vino el golpe. Superar la segunda muralla fue más duro, una pequeña guerra. Jamás alcanzaron la tercera.

Los supervivientes, pocos, fueron escoltados hasta la Plaza de Leyes. La Reina de Marfil los sentenció tras escuchar el orgulloso silencio de los sublevados.

—Hemos sido soberbios, Aneya. —Elian sonreía ahora aún sin levantar la vista—. Pero no hemos traído la desdicha a los nuestros.

Se abrieron entonces los viejos portones de madera. Brillaban reflejando el fuego de las antorchas las puntas de las lanzas de los guardias que habían de conducirlos hasta el cadalso.

—Soberbios. —Miró ahora a Aneya, con la sonrisa del demente esculpida en el rostro.

El carcelero liberó sus muñecas.

Elian se puso en pie y avanzó orgulloso hacia las aspas de madera donde el Maestro Matarife iba a eviscerarlo. Caminaba renqueante, lleno de moratones y cortes, arrastrando unas pesadas cadenas en los tobillos. Miraba a todos lados mientras sonreía como un bobo. Clavaba la mirada de su único ojo en cada uno de ellos: un artesano, un niño, una noble, un guerrero… Podía saborear el miedo en sus rostros.

[cabecera: De Unknown scribe – https://www.nlm.nih.gov/hmd/breath/breath_exhibit/MindBodySpirit/IIBa18.html, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1606171]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *