De dioses y avatares

Hace mucho tiempo, tanto, que ya ha sido olvidado por todos menos por los dioses. Se decía, o mejor dicho se sabía, que la esencia de los dioses tomaba forma para descender a Médanon y disfrutar de sus paisajes, de su aire y sobre todo de sus gentes. Unos visitaban a sus fieles para ponerlos a prueba, otros para dejarles órdenes y otros simplemente por el placer de pasear.

Sin embargo, para algunos de ellos se convirtió en su parque de juegos, instigando rebeliones o simplemente inspirando actos, algunas veces bueno y otras desgraciadamente extremadamente malvados. Unos para beneficio de las gentes y pueblos del mundo, mientras que otros solo querían adoración y pleitesía.

Estos juegos fueron desembocando en conjuras y traiciones entre los dioses, movilizando a los habitantes de Médanon a guerras sin sentido que solo servían para glorificarse a sí mismos.

Lo que en principio Aras veía como un juego entre los jóvenes dioses empezó a preocuparle seriamente, tanta gente sacrificada por el capricho de sus hijos no fue algo que le hiciera gracia y regañó seriamente a todos ellos. Sin embargo, algunos de los dioses hicieron caso omiso de las advertencias de su madre.

Ashimet cada vez pasaba más tiempo en Médanon atraída por las costumbres y la belleza de los elfos, tanto fue así que uno de ellos cautivó su corazón. Pero este elfo la rechazó, lo que provocaría que Ashimet urdiera un engaño para poder estar con él. Lo que a la larga llevó a una nueva diáspora entre los elfos.

Los cuatro hermanos elementales pasaban tanto tiempo disfrutando de sus correspondientes dominios que hasta se olvidaban de sus deberes en el palacio celestial.

Incluso los hermanos Ghodeir y Ghoraor se enfrentaron por la oración de los duergar, lo que los llevó a combatir sobre las más altas de las montañas provocando su destrucción y dejando una gran herida en la tierra a la que hoy se conoce como La Cicatriz.

Aras, llena de ira los reclamó a todos al palacio y los castigó a todos prohibiendo que volvieran a descender a Médanon transformando su esencia en carne. Su comportamiento caprichoso había devastado gran parte de Médanon, y de Zhirsanaq en concreto. Sus pueblos se habían enfrentado por culpa de guerras santas, algunos de sus pueblos habían desaparecido para siempre y muchos de sus habitantes les dieron la espalda buscando refugio para sus almas en otros seres aún más peligrosos.

Avatares

Con la prohibición, los dioses solo podían ver lo que sucedía desde su palacio, enviando inspiración a sus seguidores por medio de otros seres puestos a su servicio, en unos casos ángeles y en otros demonios o diablos.

Transcurrido el tiempo, Aras levantó la prohibición, aunque no del todo. Los dioses solo podrían volver a pisar Médanon a través de los pies de un ser mortal. Y aquí fue cuando se crearon los avatares.
Un avatar es un ser mortal que posee la esencia divina y por ello la conciencia del dios puede poseer ese cuerpo y usarlo para interactuar con el resto de los mortales. Pero este mortal no puede contener todo el poder del dios así que, una vez el cuerpo es poseído, el dios solo tiene acceso a una parte insignificante de su poder divino.

Aras les dio las condiciones para que pudieran viajar el plano material, pero cada uno de ellos la entendió como le vino en gana o se aprovecharon de las ambigüedades para sacar cierto beneficio de ello.

Mientras que dioses como Lhaurelia o las Gemelas han pactado con familias para que solo una vez por generación un elegido entre su descendencia pueda ser su avatar. Ashimet, Kalar o el propio Ghoraor prefieren elegir a un individuo cada vez y poseerlo por la fuerza, a veces destruyendo su mente en el proceso si se resisten.

En las familias que tienen el pacto del avatar, cuando hay un recién nacido se les prueba para averiguar si es elegido para ser avatar del dios al que rinden culto. En algunas familias es por medio de una marca de nacimiento, en otras puede ser una reacción al símbolo sagrado. Todo depende del pacto que hayan realizado y de las condiciones que el dios haya aceptado de la familia en concreto.

Por otro lado, hay algunos dioses que prefieren elegir ellos mismos a su avatar en el momento adecuado. Algunos pueden seguir la evolución del mortal y llegado el momento enviarle alguna visión o un mensajero para proponerle ser el vehículo de su dios.

Pero hay otros dioses cuya crueldad va más allá de lo conocido, y cuando necesitan viajar buscan a un avatar lo más propicio posible en la cercanía del lugar que quieren visitar, si este se resiste no dudan en arrancar su alma del cuerpo para luego ocuparlo y manejarlo como una marioneta. Otras veces, pueden elegir a uno de sus seguidores, por norma general, estos seguidores aceptan de buen gusto ser su avatar, aunque sepan que después de ello sus vidas terminarán.

Lo cual nos lleva a pensar mucho en porque algunos dioses, sobre todo los más retorcidos y malignos asesinan a sus avatares. Pero el motivo es algo conocido por todos los dioses.
Cuando un dios toma a su avatar, parte de los recuerdos de este dios se quedan en la mente del avatar, por lo que muchas veces los avatares tienen información importante que debe protegerse. Mientras que los dioses buenos y justos protegen a sus avatares, los malignos prefieren eliminarlos y deshacerse de ellos.

En definitivas cuentas, ser elegido avatar de un dios no suele ser una buena noticia para el mortal. Aunque algunos son protegidos por sus familias o pueblos considerándolos seres benditos o santos, en otros casos estos avatares suelen recluirse en lugares aislados y recónditos ocultando su naturaleza.

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