Revista tras la batalla

Por Juan Milano

Nauj Ol Manskear alzó la mirada. La bandada de buitres sobre sus cabezas podía oler la sangre antes de que se produjera la primera herida. El sol hería los ojos. Las bocas pastosas de los soldados murmuraban cosas ininteligibles. Algunos rezarían; otros maldecirían al general.
A menos de un kilómetro, las huestes del rey Kolff, tercero de su linaje con ese nombre, llamado el Feliz, padre del príncipe Losio y esposo de Halva, la llamada Reina Guerrera, aguardaban en silencio.
Ninguno de los destacamentos de exploradores había regresado. El último había partido hace tres días. Halva era una militar brillante y Nauj temía algún ardid, alguna desventaja del terreno o algún movimiento que pudiera habérsele escapado.

Miró alrededor una vez más. Treinta y siete banderas de infantería y doce de caballería más un centenar de hostigadores mal pertrechados. Al Oeste un ejército aún menor bajo el mando del hijo del duque Yaiff Risuk. Para ser un niñato malcriado no lo había hecho mal. Ni un héroe ni un loco. A Nauj le gustaba el chico y este sabía que en la guerra su sangre era igual de roja que la del resto de las tropas. Escupió al suelo, miro al Sargento Mayor, un enano tuerto y desdentado que había destripado a su primer enemigo a los siete años; el tipo de cabronazo que solo sabía beber y follar si no estaba en primera línea. Una bendición de Ghodeir para los Seis Ducados y un amigo.
Bajó el brazo y el Sargento Mayor dio la orden. Las banderas empezaron el avance entre cantos e insultos al enemigo. Los versos obscenos marcaban el ritmo de los pasos. La mayoría había vaciado los odres de vino e hidromiel para infundirse valor.


Sulia Taberi, una dracónida blanca grande embutida en una reluciente armadura carmesí, capitaneaba la Bandera Taberi, doscientos once mercenarios sedientos de oro y plata. Colgaban de su cuello dedos, pezones, narices y penes de sus enemigos: elfos, enanos, humanos, medianos y otros dracónidos; bolsas de oro con patas, todos.
Sonreía como una loca bajo el yelmo tocado de plumas que ocultaba sus muchas cicatrices y que le daba un aspecto aun más amenazador aumentando en un buen palmo su ya considerable envergadura. Se acordaba de su primo Or, un mago resabido al que adoraba, y de sus padres, de sus difuntos abuelos y de los gloriosos Or que se libraron del yugo de los amos-dragón del Norte. Había inhalado humo loto púrpura con los suyos y estaba convencida de que sus seres queridos, rezando, velarían por ella en el combate.
Sus tropas marcaban el paso como el resto del ejército. Eran uno con Sulia, sus alas, sus ojos, su espada de odio y fuerza. A menos de cuatrocientos metros del ejército enemigo, detuvieron el paso, clavando la rodilla en la tierra, siguiendo las instrucciones de los pífanos y los timbales. La tierra de Unssalon se regaría hoy con sangre.


Casi dos horas de batalla hicieron temblar la tierra ese día. No menos de la mitad de cada uno de los tres ejércitos involucrados pereció en el choque o tras días de agonía en las tiendas de los galenos. Los buitres engordarían tras un festín que duraría semanas.
Los reyes huyeron al final del choque tras establecer una línea de contención que facilitaba la retirada ordenada de los suyos. Habían demostrado valor y entrega más allá de lo que nunca mostraría ninguno de los miembros del Alto Consejo de la Ciudad Blanca. Pero habían perdido la batalla. El honor y la bravura están para los cantares, no para la verdadera política, la que se escribe con hierro.
Sulia Taberi atendía las heridas de los suyos en el campamento, garantizando que sus hombres fueran los primeros en recibir a los curanderos y las sacerdotisas de Lhaurelia. Estaba algo aturdida por los golpes y la resaca del loto púrpura. Le sangraba el costado, pero no parecía haberse dado cuenta.
Levantó la mirada para ver a Nauj. Cubierto de polvo y sangre, pasaba entre las tropas para conocer de primera mano el estado de los heridos.

– Mi general – dijo la dracónida– parece que los dioses y nuestras espadas nos brindaron una nueva victoria. Beberemos a la salud de los caídos esta noche.

– Así lo haremos, Sulia. Lamento las heridas de los tuyos. Fuisteis fuertes y decisivos en el combate y los Seis Ducados os lo agradecen. Siento que los herejes nos hayan obligado a esto.

– ¿Los herejes, mi general? No me joda. Es el oro de los duques traidores el que ha matado a esta gente, no los rezos de las viejas en templos perdidos. ¡Larga vida a los señores que pagan el vino y las caricias de nuestros putos y meretrices, mi general!

Y Nauj Ol Manskear se alejó en silencio para terminar de comprobar el estado de sus valientes, aquellos que habían pagado el más alto precio por su impericia como táctico; pues se atribuía cada baja como un fracaso personal. Se alejó triste y asqueado sin saber por qué. ¿Le molestaba la impúdica codicia amoral de la mercenaria o que cada una de sus palabras fuera cierta; cierta como el calor del sol al mediodía?

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