La Reina de Marfil

por María del Águila Ríos Romero (Hiromi)

—¿Debería importarme lo que dices?

Su sonrisa era como los primeros copos de nieve del invierno, únicos, fríos, despiadados en su belleza etérea, al igual que sus ojos color aguamarina teñidos de un reflejo liláceo.

Despacio tomó la copa del rojizo contenido y lo llevó a sus hermosos labios, carnosos, henchidos como quien acaba de dar un largo beso y bebió despacio.

Una gota se derramó por su comisura y dejó que aquel hombre al que tenían inclinado, dominado, apresado a los pies de su escalera viera cómo esta recorría su níveo cuello.

—No te traje aquí por tus palabras, sino por tus actos.

La gota seguía cayendo lentamente de su cuello a su clavícula descubierta, hacia su busto henchido por aquel corpiño color marfil, como lo era todo su cuerpo, hasta manchar el borde del encaje.

Ella bajó la copa, despacio, hacia el brazal del trono y ordenó con su mirada a unos de sus guardias que volvieran a llenar la copa con aquel particular licor que brotaba del cuello abierto del compañero del arrodillado.

Sus labios, teñidos de aquella sangre, sonrieron con malicia.

—Tienes tres días para demostrar lo que vale tu vida. Si fracasas, en la cuarta noche serás servido como cena.

Los guardias tomaron al preso por los hombros y comenzaron a retirarlo mientras ella, impasible, hacía un gesto con su mano para que sacaran a aquella escoria humana de su vista.

Cuando los enormes portones del salón real se cerraron, arrojó con fuerza la copa llena de sangre haciendo restallar contra el suelo e intimidando con aquel ataque de rabia a los pocos que quedaban presente.

—Llamar a Kaleth´mathar. —ordenó. — Quiero que me busque a otros. Me da igual su raza, a qué necio dios crean servir. Me da igual si son alquimistas o sanadores. Traedlos, a todos ellos. ¡Traedlos!

Rugió haciendo que los guardias salieran a toda prisa de la sala del trono, la sala de cristal y marfil, aquella que era tan blanca que parecía un copo de nieve cuyos suelos se marcaban con la sangre del anterior prisionero, del anterior «sabio» que había demostrado su ineptitud.

Otro fallo. Levantó su cuerpo del enorme trono de cristal y plata y marchó haciendo que la larga capa translúcida y que destelleaba  con cientos de cuentas como si fueran estrellas caídas del cielo marcaran su rápido paso por los pasillos.

Todo aquel que se topaba con su Majestad no solo se inclinaba, muchos de ellos tocaban con sus rodillas el suelo, así era el respeto a su dominante y sangrienta majestad. Mejor un segundo arrodillado que una eternidad sumido en la nada desangrado.

Ella avanzó con rapidez y furia, dejando que los cristales brillasen cual cometa hasta llegar hasta delante de la puerta que la esperaba. Lo hacía cada día, casi cada hora, cada segundo en sus pensamientos. Tomó el pomo y tiró de él, avanzando en aquella sala en penumbra en donde la muerte tenía cabida y donde el hedor de esta se hacía patente. Daba igual que las vistas fueran hermosas, que el incienso se quemase día y noche, que la brisa fresca entrase. Allí sólo habitaba la muerte, el dolor y el sufrimiento.

Avanzó hasta el borde del enorme camastro donde un elfo, delgado, pálido, ojerizo, respiraba con trabajo y se mecía entre la locura del sueño y de la realidad. Ella le tomó su mano y susurró en lenguaje antiguo palabras de consuelo.

—Todo irá bien…—murmuró más para ella que para su hermano allí postrado.

Despacio, se inclinó sobre este. Podía notar su piel tan pálida que las venas se transparentaban. Su delgada mano pasó por la frente perlada en sudor y retiró los mojados cabellos con tanto tacto como si tratase de tomar un pedazo del cielo entre sus manos.

—Todo irá bien… —volvió a susurrar antes de comenzar a tararear una vieja nana de la lengua extinta de los reyes, que los había acompañado en sus largas y eternas noches de infantes semi inmortales.

«Cuando el cielo deje de mostrar estrellas
tus ojos guiarán mis barcos
cuando los manantiales queden secos
tus lágrimas alimentarán mis labios
cuando la tierra deje de aflorar sus frutos
tu cuerpo alimentará mi alma.

Cuando el mundo llegue a su fin
no me arrepentiré de nada
mientras cojo tu mano,
sostengo tu corazón
y ansío tu alma.
Si estamos juntos
el final ya no importa.»

Una lágrima fría asomó por la comisura de su ojo, recorriendo la faz de destello perlado hacia la barbilla mientras apretaba la mano de su hermano.

—No me dejes sola… hermano. El mundo puede acabarse, nuestra raza extinguirse pero tú… no me dejes sola…

[cabecera: De Unknown scribe – https://www.nlm.nih.gov/hmd/breath/breath_exhibit/MindBodySpirit/IIBa18.html, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1606171]

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