[fragmentos rescatados de los Rollos de Eudeimos, Libro Seis]

por Juan Milano

El Demiurgo ordenó los elementos y dio vida al mundo. Dejó hacer a las criaturas que en él moraban durante tres veces mil años. Y cuando volvió a asomarse vio que sus hijos habían adoptado a los dioses, a los que otorgaban gran poder, y los adoraban; vio que sus hijos se mataban unos a otros, quemaban los bosques y envenenaban pozos y ríos.

Enojado, dio su espalda al mundo para no regresar. Pero en su infinito amor entregó el Libro-espejo a los seres humanos, hijos e hijas de un dios y no de Él, Dador de Forma, para que tuvieran la oportunidad de redimirse […]

Y encomendó a los noventa y nueve eudeimos que cuidaran la Ilusión, pues temía que la realidad era demasiado horrible para ser contemplada por ojos mortales. Ellos debían guardar los secretos del Demiurgo y su obra y protegerlos con su vida.

[…]

Pero la diosa Iway estaba encadenada en la Piedra de Sangre y fue forzada por elfos y enanos y de sus entrañas fértiles nacieron demonios y diablos que poblaron el submundo y confabularon contra los eudeimos pues ansiaban el conocimiento del Libro-espejo para sojuzgarlo unos y destruirlo otros.

Y la guerra estalló entre los eudeimos y los impíos y pasaron más de trescientos años hasta que el enemigo decidió marchar abiertamente a la superficie para destruirlos a todos, enanos, elfos y humanos. Y la Guerra de Ceniza empezó el día martes de primero de junio y cubrió la tierra de sangre y polvo y la Ilusión con la que el Demiurgo protegía la débil mente de sus criaturas se perdió y muchos abandonaron la razón y se alinearon con los impíos y traicionaron a los suyos y se unieron a las huestes del Averno y cubriéronse de vergüenza y también sus descendientes.

[…]

En diciembre del año trescientos once de la Guerra de las Cenizas, algunos humanos equivocados acorralaron al líder de los eudeimos, el llamado Euzquiel, y clavaron sus lanzas ponzoñosas en el pecho. No brotó sangre de su herida, mas un grito infinito heló el corazón de sus hermanos y todos perecieron de tristeza […] aquellos salpicados por las lágrimas de Euzquiel fueron ungidos con su gracia y se despertarían redimidos por su Piedad, caminando ahora como aasimar

[…]

Pero los aasimar, hombres al fin y al cabo, desconocían la misión que el Demiurgo había encomendado a sus ancestros inmortales y no velaron por mantener la Ilusión. Y apoyando en la guerra a un bando u otro, poco a poco fueron cayendo muertos, ellos y su descendencia hasta no haber más.

[…]

Y en el año cero Gueroi dirigió la ofensiva contra la Piedra de Sangre y mandó fundir las Tres Puertas de Paz que mantendrían a los impíos bajo tierra y con esas puertas selló los reinos de los hijos bastardos de Iway y liberaron a la Diosa Vejada, que ascendió a los Cielos, donde moraría desde entonces junto a Atramaxma y el propio Gueroi, mártir al morir atravesado por la lanza de uno de sus falsos amigos.

Y así terminó la Guerra de Ceniza y empezó la Era del Milenio.

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