Siervo de Ibentafel

Una historia ambientada en Zhirsanaq
por Juan Milano y Juanma Román

Todos en Zhirsanaq quieren oler las flores del árbol de Fie y especiar sus guisos con ellas; sueñan con decorar sus largos cuellos con hermosas esmeraldas de la Montaña Verde; desean decorar sus salones con tallas de la Reina Sin Rostro en madera de beui. Esos pervertidos me enferman, de veras. No pongas esa cara, amigo. Entiendo lo que piensas. Supongo que para ti, su oro es tan bueno como el de los demás.

Y qué decir de Ylulsalí y Anphia. Las dos ciudades más seguras y bulliciosas de todo Zhirsanq. Puertos importantes llenos de vida, música y obesos comerciantes que se llenan los bolsillos. Pocos son los aventureros que se alejan de sus muros hacia el interior del continente. Pero dicen que si quieres hacerte rico, solo tienes que reunir los arrestos y convertirte en uno de ellos. Pudiera ser tu caso, amigo.

Porque adentrarse en las junglas de Zahirinia es muy arriesgado.

Seguro que en tu cabecita codiciosa hubo alguna duda antes de montar la expedición: ¿viviré para contar las monedas que consiga vendiendo mis mercancías?; ¿cuántos mercenarios necesitaré para guardar mis espaldas en la densa jungla?; ¿conseguiré lo suficiente para retirarme a una lujosa villa en Duasa? Uno puede perder la vida, incluso condenar su alma, en las junglas de Zahirinia. Eso dicen, amigo.

¿Sabes? Mi madre era supersticiosa y algo de eso ha pasado a mí desde sus tetas. Al menos, eso repetía mi padre mientras estuvo con nosotros. De él adquirí las pocas ganas de trabajar de sol a sol y convertirme en otro desgraciado que los que agachan el lomo. Dos buenas piezas mis viejos, créeme amigo.

Pero vivir a costa de las entrepiernas de unas putas tampoco era lo que yo buscaba. Las mujeres hablan demasiado. Sobre todo si las pones a vivir bajo el mismo techo, amigo. No, no. Vi el peligro del negocio familiar en la lengua del viejo, asomando ensangrentada por el cuello tras una trifulca con una golfa vengativa. Un verdadero horror, amigo. Salí huyendo de allí.

¿Y acaso asaltar las caravanas que nutren a las Puertas de Zahirinia no reviste peligro? Oh, sí. Entiendo que te hagas la pregunta.

Verás. No llegué aquí por gusto. Me fugué. Cuando las mujeres se hartaron de mi padre, prendieron fuego a la casa. No tenían nada que perder. Por eso hoy ya nadie trafica con sexo en Anphia. Al menos de manera abierta. Puedes jurarlo, amigo.

Al poco tiempo llegué aquí. En una carrera alocada, quedé atrapado entre las lianas que cuelgan de los árboles. Con los zapatos rotos, con el rostro manchado de odio y lágrimas de impotencia. Había intentado dejar atrás mi pasado y terminé huyendo de una bestia sanguinaria surgida de la espesura de una jungla infinita. Desde ese momento, han pasado ya más de dos siglos.

Al poco tiempo de quedar atrapado oí la voz de quién se convertiría en mi razón de ser. Y a él encomendaré tu alma mortal. Aquí, sobre este tocón donde he tallado las sílabas de su nombre verdadero. Estas raíces han de beber tu sangre, tus recuerdos y tu esencia. Porque la jungla me ha hecho suyo. Soy su hijo. Un siervo de Ibentafel, el Verde Cruento que mora en el inframundo.

Ahora ya sabes por qué no estás muerto. Y por qué correrás una suerte peor que el resto de la  expedición. He dejado vivo al más suculento de la caravana. Regaré con tu sangre estos árboles cuyas raíces se clavan en la tierra y llegan al mismo Infierno. Vas a alimentar a mi señor, amigo. Gota a gota.


Ilustración de cabecera de Fez Monkey

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