Los Bajos Fondos

Aunque llevamos un par de semanas un poco parados por las fiestas navideñas, no quiere decir que hayamos detenido las máquinas. Así que creo que es el momento de publicar un relato que escribió Hiromi para nosotros.
A lo largo de este 2020 explicaré como funcionan los gremios criminales, como surgen y como se organizan para ir dando forma a la historia de Zhirsanaq desde otro punto de vista. Aunque este relato no tiene título como tal, que sirve para describir un poco lo que son los bajos fondos en Zhirsanaq. El tema es un pelín más complejo de lo que parece, lo mejor es que simplemente lo leais y saquéis vuestras propias conclusiones.


            —No sabes lo que has hecho, chico. —Dijo Bastian, cuando dos hombres que hasta aquel momento eran parroquianos anónimos inmovilizaron y aplastaron contra el suelo al jovenzuelo que habría tratado de robar en su taberna. Eran corpulentos, enormes.

            El hasta aquel momento afable tabernero negó con la cabeza mientras veía la oscura expresión de los dos hombres que lo habían ayudado «altruistamente» si es que ese concepto existía en su mente. Se puso de cuclillas y observó al joven.

            Apenas tendría diecisiete años, estaba escuálido y desgarbado, pero sin duda sus manos eran ágiles. Casi no había notado el deslizar de sus dedos en su bolsillo, casi, pero no lo suficiente para alguien como él y, sobre todo, para quien servía en aquella taberna.

            Negó una vez más con la cabeza con severo gesto de desaprobación. Aquel chico no debía ser de Sinalara, de hecho, por su tono oscuro de piel y sus ojos aceitunados ni tan siquiera tenía claro si pertenecía a Ridalia.

            Lo había puesto en una posición incómoda, ya que los dos hombres que lo sujetaban pertenecían al gremio de asesinos. Si lo dejaba marchar como si tal cosa, iría en contra de las normas de la casa y sentaría unos precedentes que para nada era lo que su señora deseaba.

            Suspiró una vez más e hizo una seña a los dos hombres para que soltaran la presa.

            —Ya me ocupo yo — les comentó haciendo que estos obedecieran al instante, pero no sin una pregunta en sus ojos de si ellos debían cumplir con su parte en la seguridad de aquel local. Bastian negó con la cabeza por tercera vez y tomó al chico el mismo.

            El enorme tabernero engañaba. Bien es cierto que podría haber perdido la línea hace años, pero sus enormes brazos eran los de un leñador y la fuerza que poseía intimidaba y disuadía a más de un borracho. Con la facilidad de quien levanta una ramita este lo hizo con el chico.

            —Vienes conmigo. Voy a enseñarte dónde estás y lo que significa lo que has tratado de hacer. — Y mientras lo conducía hacia las escaleras que se dirigían a la segunda y tercera planta, observó de reojo que los dos asesinos que lo habían ayudado asentían complacidos y seguían bebiendo tranquilamente, tras lo cual le susurró. — Y ya veremos si hoy es tu día de suerte o tu último día.

            El chico trató en vano de revolverse pero como conejo hipnotizado por la presencia voraz de una serpiente al final quedó sumido en una inmovilidad tal que facilitó a Bastian subirlo hasta la última planta.

            La taberna «El Ciervo Blanco» era una robusta construcción de tres plantas en piedra y madera que casi ocupaba una manzana. Era una de las más famosas de la ciudad por su buena cocina, ambiente tranquilo y espectáculos. Podías hospedarte en las habitaciones de la segunda planta si pagabas por ellas, pero nunca en la tercera. En la tercera sólo aquellos que sabían leer el letrero de la entrada correctamente sabían lo que había o mejor dicho, quién habitaba.

            El Ciervo Blanco era una de las muchísimas tabernas que pertenecían a una única persona, la única capaz de hacer que sus establecimientos fueran zona neutral para las bandas criminales no sólo de las ciudades, sino de países enteros. Una paz necesaria y un terreno neutral adecuado para cuando estas necesitaban usar la diplomacia.

            Los nombres de las tabernas iban cambiando de un lugar a otro. Sin embargo, el detalle al que uno debía atender era que todos los nombres de estas tabernas aparecían ilustrados como rúbricas sobre un pergamino, el cual estaba clavado a la madera por una daga en cuya guarda se veían intrincados detalles.

            Bastian subió al chico a la última planta y lo condujo hasta una habitación que daría a la fachada principal de la taberna y de esta a la plaza y llamó con cuidado.

            —¿Mi señora? —preguntó con cautela.

            Segundos eternos pasaron hasta que una melodiosa voz al otro lado le permitió entrar. Cuando Bastian abrió la puerta de la habitación lo que el chico vio fue un enorme despacho, lleno de librerías hasta el techo, una pequeña chimenea privada cerca de lo que parecía un rincón de lectura y justo enfrente suya un escritorio de madera noble oscura labrado tras el cual estaba escribiendo una mujer iluminada por la claridad del día que pasaba gracias a los enormes ventanales que tenía tras de sí y que daban a un balcón.

            La mujer era morena, de cabello largo y ondulado, su piel era pálida como la de aquellos que han estado encerrados en bibliotecas estudiando toda su vida, pero su complexión física hablaba de otra clase de vida, de una que hace que tu cuerpo esté trabajado.

            Ella no levantó la cabeza de sus quehaceres solo, con un gesto de la mano, indicó que se acercasen hasta los asientos delante de su escritorio.

            —¿Y bien? —preguntó con tono monótono, casi aburrido.

            —Mi señora, este crío ha roto la norma de la taberna, ha intentado robar.

            Cuando Bastian dijo eso la mujer levantó sus ojos dispares y los clavó en el muchacho haciendo que este se estremeciera. La mujer poseía un ojo negro cual noche y otro azul casi blanco.

            —¿Y por eso me molestas? —preguntó con una molestia creciente. — Ya sabes lo que se hace en estos casos. Córtale el cuello. —sentenció sin más.

            El chico tembló hasta los pies, no por la sentencia en sí, sino por la frialdad con la que lo había condenado, como quien dispone de la vida y de la muerte de otro cual dios de la muerte, con la seguridad de quien sabe lo inevitable. Y este supo a ciencia cierta que ese era su fin.

            El chico se tiró entonces al suelo, tocando con su frente este y rogó por su vida.

            —Por favor, mi señora, no sabía nada, no sé nada, somos… soy nuevo en esta ciudad, sólo quería…

            La mujer, con gesto desencantado ordenó a Bastian que lo tomase por los hombros y lo levantase, parecía molestarle aquella actitud de pronto suplicante.

            —Eres nuevo en la ciudad, quizás hasta en la nación y te atreves a hacer lo que nadie… Está claro que eres un idiota.

            —Con manos hábiles. — Mencionó Bastian.

            —Un idiota de manos hábiles. — matizó. — Pero un idiota a fin de cuentas. ¿Sabes dónde estás, chico? ¿Sabes quién soy?

            El chico negó con la cabeza fuertemente.

            —Soy Adara Belguchar, única hija de Dargin Belguchar, quién creó este imperio de zonas neutrales donde la ley es incapaz de llegar, donde sólo reina la gracia eterna de Ashimet.

            Hasta un chico como él había escuchado alguna vez aquel nombre, el de Dargin y el del imperio de las dagas sobre los papiros. Un terrible escalofrío recorrió su espalda al darse cuenta de su error.

            —Por favor, ha sido un error, un fatal error del que ahora me doy cuenta. Si me hubiera fijado en eso jamás lo habría hecho. Mi hermana pequeña y yo llegamos en la madrugada, exhaustos, hambrientos, sólo quería…

            Adara alzó una ceja al oír aquello y miró a Bastian preguntándole por aquella supuesta hermana, el tabernero negó con la cabeza.

            —¿Y dónde está ella?

            —Es pequeña, mi señora, apenas tiene ocho años… la he dejado en la plaza.

            El chico señaló tras la ventana, Adara se levantó y fue hasta ella y miró en la plaza hasta que dio con lo que parecía una pequeña y escuálida niña. La señaló y el chico asintió.

            —Bastian ve a por ella, dale de comer y que se bañe. —ordenó haciendo que el tabernero sorprendido asintiera con rapidez y se marchara como se le indicaba.

            Cuando el tabernero salió de la habitación Adara se acercó al chico que no sabía muy bien cómo tomarse aquel gesto.

            —Ha sido duro ¿verdad? —preguntó Adara acercándose con su paso de pantera. El chico asintió. — Sé lo que es estar sola en el mundo… Y que sólo puedas contar con tu fuerza… Hasta que… — Adara se acercó tanto al joven que lo tuvo a un palmo. Una de sus manos estaba en su espalda, pero esto no lo notó él, ya que estaba hipnotizado cual conejo ante la serpiente de ojos bipolares. — Nunca estamos solos… Ashimet vive en nosotros.

            Y entonces le cortó el cuello. Rápido. Indoloro. Fugaz.

            El cuerpo del chico se desplomó manando la sangre del corte mientras Adara limpiaba despacio la daga. Luego se puso de cuclillas ante el cadáver y le cerró los ojos con cuidado y mimo.

            —La ley de Ashimet es única. La ley de Ashimet debe cumplirse. Nosotros cuidaremos de tu hermana.

            Rezó en voz alta. Sólo una ley existía para Adara, la de su diosa y por eso, ella, como sacerdotisa de los engaños, sería tan expeditiva como su fe le exigía.

            Sólo la ley de Ashimet los mantendría en el verdadero camino. Sólo la ley de Ashimet.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *